martes, 31 de marzo de 2020

✝🙏Presidente de Polonia pide la protección de su pueblo a la Virgen de Czestochowa ante la Pandemia del Coronavirus Chino 🧬


Andrzej Duda reza en santuario de Jasna Góra, ante la imagen de la Virgen de Czestochowa, el 26 de marzo. Crédito: Conferencia Episcopal de Polonia


ACI Prensa

El presidente de Polonia, Andrzej Duda, acudió al santuario católico de Jasna Góra, donde se conserva la imagen original de la Virgen de Czestochowa, para pedir por la salud de su pueblo ante la pandemia de coronavirus COVID-19.
Según señaló la Conferencia Episcopal de Polonia el 27 de marzo, “el Presidente de la República de Polonia, Andrzej Duda, vino ayer a Jasna Góra para rezar por la Patria y los Polacos durante la pandemia de coronavirus”.

La imagen de la Virgen de Czestochowa, conocida también como “La Madonna Negra”, se conserva en el santuario de Jasna Góra y, de acuerdo a la tradición, habría sido pintada por el evangelista San Lucas.
Muchos milagros se adjudican a esta advocación mariana, que además ha fortalecido a lo largo de la historia la identidad polaca.
Juan Pablo II, nacido en Polonia como Karol Wojtyla, visitó varias veces el santuario de Jasna Góra. La primera vez que lo hizo como Papa fue en 1979, al poco tiempo de haber sido elegido.
En su capilla privada, Juan Pablo II tenía una réplica de la Virgen de Czestochowa.

domingo, 29 de marzo de 2020

Santifiquemos el día del Señor en nuestras iglesias doméstica durante la pandemia del Coronavirus.



ORACIÓN PARA CUANDO NO SE PUEDE IR A MISA EN DOMINGO O DÍA DE PRECEPTO

Si estás en casa, es fácil saber la hora en que comienza la Misa mayor; si estás en los campos o de viaje, puedes conocer la hora con la vista del sol. Comienza a transportarte en espíritu a la iglesia de tu parroquia, únete en intención a las oraciones y al Sacrificio de la Misa que se estén atendiendo, y comienza por la oración siguiente:
  
Dios mío, puesto que vuestra Providencia puso el día de hoy obstáculos al deseo que tengo de asistir al santo sacrificio de la Misa, dignaos llenar mi espíritu de santos pensamientos y fijar mi corazón hacia Vos durante esta augusta ceremonia. Dignaos también aceptar favorablemente la pena que siento de no poder asistir el día de hoy a la Santa Misa.
  
Dios mío, me humillo profundamente y me uno en intención al sacerdote que me representa al pie de vuestro altar. Os confieso nuevamente todas las faltas y los pecados que he cometido durante todos los días de mi vida. Dignaos purificar mi corazón por un arrepentimiento sincero, para que pueda participar de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, que va a renovar el sacrificio de la cruz, para hacernos agradables a vuestra majestad infinita.
  
Padre eterno, uno al sacrificio de vuestro divino Hijo mis pensamientos, mis penas, mis sufrimientos, y os pido los aceptéis en expiación de mis faltas, que son tan numerosas.
  
Salvador mío Jesús, haced que mi imaginación se llene del recuerdo de los sufrimientos que habéis afrontado por mi salvación, que todo esto que golpea mis miradas en este momento tenga lugar en mi espíritu, para representarme las diferentes circunstancias de vuestra pasión, el huerto de los Olivos, la montaña del Calvario, el árbol de la cruz.
   
Mi divino Jesús, que mi corazón no sea más duro que las rocas que fueron divididas en el momento cuando entregasteis vuestro último suspiro, y que pruebe un poco de este dolor profundo que inundó el corazón de vuestra santa Madre, al pie de la cruz, cuando ella os vio expirar para la salud del mundo.
  
Ángeles del cielo, mi santo Ángel guardián, mi Santo patrono, uníos a mí, para que pueda con el pensamiento asistir al Sacrificio de la Misa, y merecer por mis ardientes deseos participar de las gracias que tantos otros más dichosos que yo, reciben en este momento al pie de los altares. Amén.
  
Recita enseguida las oraciones de la Misa con tanta piedad y devoción como si estuvieras en la iglesia; piensa que los Ángeles asisten invisiblemente al Santo Sacrificio y se acercan al altar con el más profundo respeto.
  
(Extracto de Délices des pèlerins de Lalouvesc ou Exercices de Dévotion qui se font à Lalouvesc, et des réflexions spirituelles de Jean Marie Baptiste Vianney, Curé d’Ars – Delicias de los peregrinos de Lalouvesc o Ejercicios que se hacen en la Lalouvesc, y reflexiones espirituales de Juan María Bautista Vianney, Cura de Ars. Lyon, Librería de A. Mothon,  1857)
Publicado por  Jorge Rondón Santos Miles Christi

 Aprendamos cómo hacer un acto de contrición perfecta en este tiempo de pandemia

Recibamos a Cristo haciendo la comunión espiritual.  

V Domingo de Cuaresma
Primera Lectura
Ezequiel 37:12-14
12Por eso, profetiza. Les dirás: Así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel.13Sabréis que yo soy Yahveh cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío.14Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo haga, oráculo de Yahveh.»

Salmo Responsorial
Salmo 130:1-8
1Canción de las subidas. Desde lo más profundos grito a ti, Yahveh:2¡Señor, escucha mi clamor! ¡Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas!3Si en cuenta tomas las culpas, oh Yahveh, ¿quién, Señor, resistirá?4Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido.5Yo espero en Yahveh, mi alma espera en su palabra;6mi alma aguarda al Señor más que los centinelas la aurora; mas que los centinelas la aurora,7aguarde Israel a Yahveh. Porque con Yahveh está el amor, junto a él abundancia de rescate;8él rescatará a Israel de todas sus culpas.

Segunda Lectura
Romanos 8:8-11
8así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios.9Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece;10mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia.11Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.

Evangelio


Juan 11:1-45
1Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta.2María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.3Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.»4Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»5Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.6Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.7Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.»8Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?»9Jesús respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo;10pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él.»11Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle.»12Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará.»13Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño.14Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto,15y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él.»16Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»17Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.18Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios,19y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano.20Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa.21Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.22Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.»23Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará.»24Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.»25Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá;26y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»27Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo.»28Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama.»29Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rapidamente, y se fue donde él.30Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado.31Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.32Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»33Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó34y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le responden: «Señor, ven y lo verás.»35Jesús se echó a llorar.36Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería.»37Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?»38Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra.39Dice Jesús: «Quitad la piedra.» Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día.»40Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»41Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado.42Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.»43Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!»44Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar.»45Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.
 

sábado, 28 de marzo de 2020

San Juan de Capistrano



Religioso, predicador
Año 1456
Gran apóstol: alcánzanos de Dios entusiasmo y valor para
defender siempre nuestra amada religión católica.
 Orad y trabajad por la nación donde estáis viviendo,
porque su bien será vuestro bien (S. Biblia. Jeremías 29).

Ewtn 
Es este uno de los predicadores más famosos que ha tenido la Iglesia Católica.
Nació en un pueblecito llamado Capistrano, en la región montañosa de Italia, en 1386. Fue un estudiante sumamente consagrado a sus deberes y llegó a ser abogado y juez, y gobernador de Perugia. Pero en una guerra contra otra ciudad cayó prisionero, y en la cárcel se puso a meditar y se dio cuenta de que en vez de dedicarse a conseguir dinero, honores y dignidades en el mundo, era mejor dedicarse a conseguir la santidad y la salvación en una comunidad de religiosos, y entró de franciscano.
Como era muy vanidoso y le gustaba mucho aparecer, dispuso vencer su orgullo recorriendo la ciudad cabalgando en un pobre burro, pero montado al revés, mirando hacia atrás, y con un sombrero de papel en el cual había escrito en grandes letras: "Soy un miserable pecador". La gente le silbó y le lanzaron piedras y basura. Así llegó hasta el convento de los franciscanos a pedir que lo recibieran de religioso.
El Padre maestro de novicios dispuso ponerle pruebas muy duras para ver si en verdad este hombre de 30 años era capaz de ser religioso humilde y sacrificado. Lo humillaba sin compasión y lo dedicaba a los oficios más cansones y humildes, pero Juan en vez de disgustarse le conservó una profunda gratitud por toda su vida, pues le supo formar un verdadero carácter, y lo preparó para enfrentarse valientemente a las dificultades de la vida. Él recordaba muy bien aquellas palabras de Jesús: "Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, se queda sin producir fruto, pero si muere producirá mucho fruto"(Jn. 12,24).
A los 33 años fue ordenado de sacerdote y luego, durante 40 años recorrió toda Europa predicando con enormes éxitos espirituales. Tuvo por maestro de predicación y por guía espiritual al gran San Bernardino de Siena, y formando grupos de seis y ocho religiosos se distribuyeron primero por toda Italia, y después por los demás países de Europa predicando la conversión y la penitencia.
Juan tenía que predicar en los campos y en las plazas porque el gentío tan enorme no cabía en las iglesias.
Su presencia de predicador era impresionante. Flaco, pálido, penitente, con voz sonora y penetrante; un semblante luminoso, y unos ojos brillantes que parecían traspasar el alma, conmovía hasta a los más indiferentes. La gente lo llamaba "El padre piadoso", "el santo predicador". Vibraba en la predicación de las verdades eternas. La gente al verlo y oírlo recordaba la figura austera de San Juan Bautista predicando conversión en las orillas del río Jordán. Y les repetía las palabras del Bautista: "Raza de víboras: tienen que producir frutos de conversión. Porque ya está el hacha de la justicia divina junto a la vida de cada uno, y árbol que no produce frutos de obras buenas será cortado y echado al fuego" (Lc. 3,7).
Muchos pedían a gritos la confesión, prometiendo cambiar de vida y estallaban en llanto de arrepentimiento. Las gentes traían sus objetos e superstición y los libros de brujería y otros juegos y los quemaban en públicas hogueras en la mitad de las plazas.
Muchos jóvenes al oírlo predicar se proponían irse de religiosos. En Alemania consiguió 120 jóvenes para las comunidades religiosas y en Polonia 130.
Sus sermones eran de dos y tres horas, pero a los oyentes se les pasaba el tiempo sin darse cuenta. Atacaba sin miedo a los vicios y malas costumbres, y muchísimos, después de escucharle, dejaban sus malas amistades y las borracheras.
Después de predicar se iba a visitar enfermos, y con sus oraciones y su bendición sacerdotal obtenía innumerables curaciones.
Juan convertía pecadores no sólo por su predicación tan elocuente y fuerte, sino por su gran espíritu de penitencia. Dormía pocas horas cada noche. Vestía siempre trajes sumamente pobres. Comía muy poco, y siempre alimentos burdos y nunca comidas finas ni especiales. Una artritis muy dolorosa lo hacía cojear y dolores muy fuertes de estómago lo hacían retorcerse, pero su rostro era siempre alegre y jovial. En su cuerpo era débil pero en su espíritu era un gigante.
Después de muerto reunieron los apuntes de los estudios que hizo para preparar sus sermones y suman 17 gruesos volúmenes.
La Comunidad Franciscana lo eligió por dos veces como Vicario Genera, y aprovechó este altísimo cargo para tratar de reformar la vida religiosa de los franciscanos, llegando a conseguir que en toda Europa esta Orden religiosa llegara a un gran fervor.
Muchos se le oponían a sus ideas de reformar y de volver más fervorosos a los religiosos. Y lo que más lo hacía sufrir era que la oposición venía de sus mismos colegas en el apostolado. Se cumplía en él lo que dice el Salmo: "Aquél que comía conmigo el pan en la misma mesa, se ha declarado en contra de mí". Pero esas incomprensiones le sirvieron para no dedicarse a buscar las alabanzas de las gentes, sino las felicitaciones de Dios. Él repetía la frase de San Pablo: "Si lo que busco es agradar a la gente, ya no seré siervo de Cristo".
Juan tenía unas dotes nada comunes para la diplomacia. Era sabio, era prudente, y medía muy bien sus juicios y sus palabras. Había sido juez y gobernador y sabía tratar muy bien a las personas. Por eso cuatro Pontífices (Martín V, Eugenio IV, Nicolás V y Calixto III) lo emplearon como embajador en muchas y muy delicadas misiones diplomáticas y con muy buenos resultados. Tres veces le ofrecieron los Sumos Pontífices nombrarlo obispo de importantes ciudades, pero prefirió seguir siendo humilde predicador, pobre y sin títulos honoríficos.
40 años llevaba Juan predicando de ciudad en ciudad y de nación en nación, con enormes frutos espirituales, cuando a la edad de 70 años lo llamó Dios a que le colaborara en la liberación de sus católicos en Hungría. Y fue de la siguiente manera.
En 1453 los turcos musulmanes se habían apoderado de Constantinopla, y se propusieron invadir a Europa para acabar con el cristianismo. Y se dirigieron a Hungría.
Las noticias que llegaban de Serbia, nación invadida por los turcos, eran impresionantes. Crueldades salvajes contra los que no quisieran renegar de la fe en Cristo, y destrucción de todo lo que fuera cristiano católico.
Entonces Juan se fue a Hungría y recorrió toda la nación predicando al pueblo, incitándolo a salir entusiasta en defensa de su santa religión. Las multitudes respondieron a su llamado, y pronto se formó un buen ejército de creyentes.
Los musulmanes llegaron cerca de Belgrado con 200 cañones, una gran flota de barcos de guerra por el río Danubio, y 50,000 terribles jenízaros de a caballo, armados hasta los dientes. Los jefes católicos pensaron en retirarse porque eran muy inferiores en número. Pero fue aquí cuando intervino Juan de Capistrano.
El gran misionero salvó a la ciudad de Bucarest de tres modos. El primero, convenciendo al jefe católico Hunyades a que atacara la flota turca que era mucho más numerosa. Atacaron y salieron vencedores los católicos. El segundo, fue cuando ya los católicos estaban dispuestos a abandonar la fortaleza de la ciudad y salir huyendo. Entonces Juan se dedicó a animarlos, llevando en sus manos una bandera con una cruz y gritando sin cesar: Jesús, Jesús, Jesús. Los combatientes cristianos se llenaron de valor y resistieron heroicamente. Y el tercer modo, fue cuando ya Hunyades y sus generales estaban dispuestos a abandonar la ciudad, juzgando la situación insostenible, ante la tremenda desproporción entre las fuerzas católicas y las enemigas, Juan recorrió todos los batallones gritando entusiasmado: "Creyentes valientes, todos a defender nuestra santa religión". Entonces los católicos dieron el asalto final y derrotaron totalmente a los enemigos que tuvieron que abandonar aquella región.
Jamás empleó armas materiales. Sus armas eran la oración, la penitencia y la fuerza irresistible de su predicación.
Las gentes decían que aquellos cuarteles de guerreros más parecían casas de religiosos que campamentos militares, porque allí se rezaba y se vivía una vida llena de virtudes. Todos los capellanes celebraban cada día la santa misa y predicaban. Muchísimos soldados se confesaban y comulgaban. Y los militares repetían en sus batallones: "Tenemos un capellán santo. Hay que portarse de manera digna de este gran sacerdote que nos dirige. Si nos portamos mal no vamos a conseguir victorias sino derrotas". Y los oficiales afirmaban: "Este padrecito tiene más autoridad sobre nuestros soldados, que el mismo jefe de la nación".
Mientras los católicos luchaban con las armas en Hungría, el Sumo Pontífice hacía rezar en todo el mundo el Angelus (o tres Avemarías diarias) por los guerreros católicos y la Sma. Virgen consiguió de su Hijo una gran victoria. Con razón en Budapest le levantaron una gran estatua a San Juan de Capistrano, porque salvó la ciudad de caer en manos de los más crueles enemigos de nuestra santa religión.
Y sucedió que la cantidad de muertos en aquella descomunal batalla fue tan grande, que los cadáveres dispersados por los campos llenaron el aire de putrefacción y se desató una furiosa epidemia de tifo. San Juan de Capistrano había ofrecido a Dios su vida con tal de conseguir la victoria contra los enemigos del catolicismo, y Dios le aceptó su oferta. El santo se contagió de tifo, y como estaba tan débil a causa de tantos trabajos y de tantas penitencias, murió el 23 de octubre de 1456.

Himno a San Sebastián en Tiempos de Peste 🧬




Tomado del Oficio Rakocziano, pág. 189. Traducido por Jorge Rondón Santos en 1:26 Miles Christi


 
    
LATÍN
Sebastiáne, Mártyrum,
Et gemma Christi mílitum!
Cui fuere spícula
Pennæ ad beáta gáudia:
Óculo fidéli réspice
Contagiónis témpore,
Et sanitátis ímpetra
Tibi dicátis tempéra.
   
Antiphona: O magnæ fìdei Sancte Sebastiáne, miles Beatíssime, cujus méritis, et précibus tota Pátria Lombardíæ, a mortífera peste fuit liberáta; intercéde pro nobis ad Dómimum nostrum Jesum Christum, ut nos tuo beáto intervéntu ab ipsa peste epidémiæ, ab improvísa morte, et ab omni adversitáte córporis, et ánimæ liberáre et defendére dignétur, donétque nobis tantum vitæ spátium, et tantam emendatiónem peccatórum nostrórum, ut post hoc exílium sacris tuis précibus cum Christo collætémur.
  
℣. Ora pro nobis, Sancte Martyr Sebastiáne.
℞. Ut mereámur pestem epidémiæ illǽsi pertransíre, et promissiónem Christi obtinére.
 
Orémus:
  
ORATIO
Præsta; quǽsumus, omnípotens Deus: ut intercedénte beato Sebastiáno Martyre tuo, et a cunctis adversitátibus libéremur in córpore, et a pravis cogitatiónibus mundémur in mente.
 
Deus, qui mos concédis Sancte Mártyris tui Sebastiáni memóriam solémniter celebráre: da nobis páriter in ætérna beatitúdine, in ejúsdem societáte gaudére. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
 
TRADUCCIÓN
Sebastián, gema de los mártires
Y soldados de Cristo,
Al cual las alas de las flechas sirvieron
Para ir a las alegrías bienaventuradas;
Míranos con tu fiel mirada
En este período de contagio,
Y obten para nosotros
Tiempo de sanación.
  
Antífona: Oh gran hombre de fe, santísimo Sebastián, benditísimo soldado, por cuyos méritos y oraciones, toda la nación de los Lombardos fue librada de una plaga mortífera; intercede por nosotros ante Nuestro Señor Jesucristo, para que nosotros, por tu bienaventurada intervención, podamos ser librados de esta plaga epidémica, de la súbita e improvisa muerte, y de toda adversidad de cuerpo y alma. Líbranos, y dígnate defendernos, y concédenos tal longitud de vida, y una gran enmienda de nuestros pecados, para que después de este exilio, por tus santas oraciones, podamos regocijarnos con Cristo.
  
℣. Ruega por nosotros, San Sebastián mártir.
℞. Para que merezcamos pasar ilesos esta epidemia de peste, y obtener las promesas de Cristo.
  
Oremos:
  
ORACIÓN
Concédenos, te suplicamos, Dios omnipotente, que por la intercesión de tu bienaventurado mártir San Sebastián podamos ser librados de toda adversidad en el cuerpo y nuestras almas sean purificadas de todo mal pensamiento.
  
Oh Dios, que nos concediste celebrar solemnemente la memoria de tu mártir San Sebastián, danos el poder regocijarnos en su misma compañía en la bienaventuranza eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

jueves, 26 de marzo de 2020

Santa Corona, Santa Patrona contra las Epidemias



es.news En Anzù (norte de Italia), semillero del coronavirus en Europa, hay una basílica en la que se preservan desde el siglo IX las reliquias de san Víctor y de santa Corona.

Santa Corona tenía solamente quince años cuando profesó su fe cristina durante la persecución del emperador romano Marco Aurelio, alrededor del año 165 d. C.

Corona fue arrestada y atada por los pies a las copas de dos palmeras que dobladas hasta el suelo. Cuando se desataron las palmeras ella fue destrozada. Según el martirologio romano, esto ocurrió en Siria.

Dos investigaciones llevadas a cabo en 1943 y 1981 probaron que las reliquias pertenecen por cierto a un hombre y a una mujer. Se encontró en ellas polen de cedro, lo que confirma un entierro original en Siria y luego en Chipre.

Santa Corona es venerada especialmente en Austria y Baviera, como la santa patrona de cazadores de tesoros y contra las epidemias. Su fiesta se celebra el 14 de mayo.


Oración a Santa Corona por la protección contra la peste y las pandemias

 

lunes, 23 de marzo de 2020

En la lucha contra COVID-19 el Cardenal Burke respalda la celebración pública de la Santa Misa y señala como causal a la ideología de género, el aborto y la adoración pagana a la Pachamama


“No podemos aceptar las determinaciones de los gobiernos, que tratan la adoración a Dios como ir al cine”

Ante la pandemia, la pregunta no es «¿Dónde está Dios?» sino «¿Dónde estamos nosotros?» resalta el Cardenal.

El purpurado señala como causas la ideología de género y la adoración pagana a la Pachamama: 
“Los grandes males como la peste son efecto de nuestros pecados actuales” , sostiene en su escrito


“En nuestra cultura totalmente secularizada, hay una tendencia a ver la confesión y la Santa Misa como cualquier otra actividad, por ejemplo, ir al cine o a un partido de fútbol, lo cual no es esencial y, por tanto, puede cancelarse para frenar la propagación de un contagio mortal. No podemos aceptar las determinaciones de los gobiernos seculares, que tratarían la adoración a Dios de la misma manera que ir a un restaurante” . Ha dicho el cardenal en una carta publicada con fecha 21 de marzo.

“Los obispos y sacerdotes debemos explicar públicamente la necesidad de los católicos de rezar y adorar en sus iglesias y capillas, e ir en procesión por las calles pidiendo la bendición de Dios sobre su pueblo que sufre tan intensamente. Necesitamos insistir en que las regulaciones del Estado, también por el bien del Estado, reconozcan la importancia distintiva de los lugares de culto, especialmente en tiempos de crisis nacional e internacional” , agrega el purpurado estadounidense en su misiva.
 “Así como podemos comprar alimentos y medicinas, mientras cuidamos de no propagar el coronavirus en el proceso, también debemos poder orar en nuestras iglesias y capillas, recibir los sacramentos y participar en actos de oración pública”. 
Contra la Ideología de género y el culto pagano a la Pachamama el Cardenal Burke afirma que “una persona de fe no puede considerar la actual calamidad en la que nos encontramos sin considerar también cuán distante está nuestra cultura popular de Dios” . “Solo tenemos que pensar en los ataques contra los no nacidos” , indica el purpurado.



“Solo necesitamos pensar en el ataque generalizado contra la integridad de la sexualidad humana, en nuestra identidad como hombre o mujer, con el pretexto de definir para nosotros mismos, a menudo empleando medios violentos, una identidad sexual distinta de la que Dios nos ha dado. Con una preocupación cada vez mayor, somos testigos del efecto devastador en los individuos y las familias de la llamada ‘teoría del género'” , sostiene.


También “somos testigos, incluso dentro de la Iglesia, de un paganismo que adora la naturaleza y la tierra. Hay quienes dentro de la Iglesia se refieren a la tierra como nuestra madre, como si viniéramos de la tierra, y la tierra fuera nuestra salvación” , indica.

La misma vida de fe se ha secularizado cada vez más, prosigue el cardenal Burke, y de esta forma ha comprometido el Señorío de Cristo, Hijo de Dios encarnado, rey de Cielos y Tierra. Somos testigos de muchos otros males que derivan de la idolatría, de la adoración a nosotros mismos y al mundo, en vez de adorar a Dios, fuente de todo ser”.
 No hay duda de que grandes males como la peste son un efecto del pecado original y de nuestros pecados actuales. Dios, en su justicia, debe reparar el desorden que el pecado introduce en nuestras vidas y en nuestro mundo. De hecho, El cumplió  las demandas de la justicia con Su misericordia superabundante”.

Nota: 22/03/2020    El artículo inicialmente fue publicado en la Pagina VidaNuevaDigital.com por Ruben Cruz. Pero como fue escrito con un lenguaje sarcástico no se transcribió  textualmente sino que se  corrigió por amor a la Verdad como un acto de fidelidad a Cristo para hacer Justicia.

El Cardenal Burke aboga por la celebración de los sacramentos y anima a los fieles a entronizar el Sagrado Corazón de Jesús en sus casas

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 Circunstancias como las actuales deben servirnos para "volvernos a Dios e implorar Su misericordia", con la seguridad de que "nos escuchará y nos bendecirá con los dones de la misericordia, el perdón y la paz".
El cardenal Burke concluye su reflexión recomendando, cuando sea imposible acudir al templo y ver al sacerdote, un acto de contrición perfecta (un pesar por los pecados "que brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas") como preparación para la comunión espiritual. Y que, "en estos tiempos de crisis, nuestros hogares reflejen la verdad de que Cristo es el huésped de todo hogar cristiano. Volvámonos a Él con la oración, especialmente con el Rosario... Y si las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María todavía no han sido entronizadas en nuestra casa, ahora es el momento de hacerlo".


En la lucha contra el coronavirus el cardenal Burke aboga por la celebración de los Sacramentos y anima a los fieles a entronizar el Sagrado Corazón de Jesús en sus casas






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En un mensaje, el purpurado norteamericano aboga por la celebración de los sacramentos y anima a los fieles a entronizar el Sagrado Corazón de Jesús en sus casas.

“Así como hemos encontrado maneras de proveer alimentos, medicinas y otras necesidades en plena crisis sanitaria, sin arriesgar irresponsablemente de propagar del virus, así también podemos encontrar maneras de satisfacer las necesidades de nuestra vida espiritual”, dice el cardenal Raymond Leo Burke en su mensaje sobre el coronavirus.
El prelado estadounidense asegura que se puede proporcionar “más oportunidades” para la misa y las devociones en las que pueden participar los fieles “sin violar las precauciones necesarias contra la propagación del contagio”.
“Muchas de nuestras iglesias y capillas son muy grandes”, dice Burke, haciendo posible que “un grupo de fieles se reúna para orar y rendir culto sin violar los requisitos de la “distancia social”. 


También se atreve a sugerir ideas para celebrar el sacramento de la confesión. “El confesionario con la pantalla tradicional generalmente está equipado o, si no, puede equiparse fácilmente con un velo delgado que puede tratarse con desinfectante, de modo que el acceso al Sacramento de la Confesión sea posible sin grandes dificultades y sin peligro de transmitir el virus”, propone Burke.
“Si una iglesia o capilla no tiene suficiente empleados como para poder desinfectar regularmente los bancos y otras superficies, no tengo dudas de que los fieles, en agradecimiento por los dones de la Sagrada Eucaristía, la Confesión y la devoción pública, ayudarán con mucho gusto”, asegura.
Mensaje sobre el combate contra el coronavirus-COVID-19
Queridos amigos,
Desde hace algún tiempo, hemos estado en combate contra la propagación del coronavirus, COVID-19. Por todo lo que podemos decir, y una de las dificultades del combate es que aún queda mucho por aclarar sobre la peste, la batalla continuará por algún tiempo. El virus involucrado es particularmente insidioso, ya que tiene un período de incubación relativamente largo, algunos dicen 14 días y otros 20 días, y es altamente contagioso, mucho más contagioso que otros virus que hemos experimentado.
Uno de los principales medios naturales para defendernos contra el coronavirus es evitar cualquier contacto cercano con los demás. Es importante, de hecho, mantener siempre una distancia, algunos dicen que una yarda (metro) y otros dicen seis pies (dos metros) – lejos del otro, y, por supuesto, evitar reuniones de grupo, es decir, reuniones en las que las personas están muy cerca unas de otras. Además, dado que el virus se transmite por pequeñas gotas emitidas cuando uno estornuda o se suena la nariz, es fundamental lavarse las manos con frecuencia con jabón desinfectante y agua tibia durante al menos 20 segundos y usar desinfectante para manos y toallitas. Es igualmente importante desinfectar las mesas, sillas, repisas, etc., sobre las cuales estas gotitas pueden haber caído y desde las cuales son capaces de transmitir el contagio por algún tiempo. Si estornudamos o nos sonamos la nariz, se nos aconseja usar un pañuelo facial de papel, descartarlo de inmediato y luego lavarnos las manos. Por supuesto, aquellos que son diagnosticados con el coronavirus aquello a los cuales se les ha diagnosticado el virus deben ser puestos en cuarentena, y aquellos que no se sienten bien, incluso si no se les ha diagnosticado que padecen el coronavirus, deben, por caridad hacia los demás, permanecer en casa, hasta que se siente mejor
Viviendo en Italia, en donde la propagación del coronavirus ha sido particularmente letal, especialmente para los ancianos y para aquellos que ya se encuentran en un estado de salud delicada, me siento edificado por el gran cuidado que los italianos toman para protegerse a sí mismos y a los demás del contagio. Como ya habrán leído, el sistema de salud en Italia está puesto severamente a prueba en su esfuerzo de proporcionar la hospitalización necesaria y el tratamiento de cuidados intensivos para los más vulnerables. Les ruego rezar por los italianos y, en modo especial, por aquellos para quienes el coronavirus puede ser fatal, bien como por aquellos encargados de su asistencia. Como ciudadano de los Estados Unidos, he estado siguiendo la situación de la propagación del coronavirus en mi tierra natal y sé que las personas que viven en los Estados Unidos están cada vez más preocupadas de detener su propagación, por temor que una situación como la de Italia se repita en casa.
Toda esta situación ciertamente nos conduce a una profunda tristeza y también al temor. Nadie quiere contraer la enfermedad relacionada con el virus o que alguien la contraiga. Especialmente no queremos que nuestros seres queridos mayores u otras personas que sufren de salud corran peligro de muerte por la propagación del virus. Para luchar contra la propagación del virus, todos estamos en una especie de retiro espiritual forzado, confinados entre paredes, y privados de la posibilidad de mostrar señales habituales de afecto a familiares y amigos. Para quienes están en cuarentena, el aislamiento es claramente aún más severo, al no poder tener contacto con nadie, ni siquiera a distancia.
Como si la enfermedad asociada con el virus no fuera suficiente para preocuparnos, no podemos ignorar la devastación económica que ha causado la propagación del virus, con sus graves efectos en los individuos y las familias, y en aquellos que nos sirven de muchas maneras en nuestro vida diaria. Por supuesto, nuestros pensamientos no pueden evitar incluir la posibilidad de una devastación aún mayor de la población de nuestras patrias e, incluso, del mundo.


Ciertamente, tenemos razón en informarnos y en emplear todos los medios naturales para defendernos del contagio. Es un acto fundamental de caridad utilizar todos los medios prudentes para evitar contraer o propagar el coronavirus. Sin embargo, los medios naturales para prevenir la propagación del virus deben respetar lo que necesitamos para vivir, por ejemplo, el acceso a alimentos, agua y medicamentos. El Estado, por ejemplo, en su imposición de restricciones cada vez mayores sobre el movimiento de las personas, permite  que las personas puedan ir al supermercado y a la farmacia, respetando las precauciones de distanciamiento social y el uso de desinfectantes por parte de todos los involucrados.
Al evaluar lo que se necesita para vivir, no debemos olvidar que nuestra primera consideración ha de ser nuestra relación con Dios. Recordamos las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio según Juan: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (14, 23 ) Cristo es el Señor de la naturaleza y de la historia. Él no està ni distante ni se ha desinteresado de nosotros y del mundo. Nos ha prometido: “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). En el combate al mal del coronavirus, nuestra arma más efectiva es, por lo tanto, nuestra relación con Cristo a través de la oración y de la penitencia, de las devociones y de la sacra adoración. Nos volvemos a Cristo para liberarnos de la peste y de todo daño y Él nunca deja de responder con amor puro y desinteresado. Por eso mismo nos es esencial en todo momento, y sobre todo en tiempos de crisis, tener acceso a nuestras iglesias y capillas, a los sacramentos, a las oraciones y devociones públicas.
De la misma manera que podemos comprar alimentos y medicinas con cuidado de no propagar el coronavirus al hacerlo, también debemos poder orar en nuestras iglesias y capillas, recibir los sacramentos y participar en actos de oración pública y devoción, para que reconozcamos la cercanía de Dios con nosotros y permanezcamos cerca de Él, invocando en modo adecuado Su ayuda. Sin la ayuda de Dios, estamos de veras perdidos. Históricamente, en tiempos de pestilencia, los fieles se reunían en fervientes oraciones y participaban en procesiones. De hecho, en el Misal Romano promulgado por el Papa San Juan XXIII en 1962, hay textos especiales para la Santa Misa a ser ofrecida en tiempos de pestilencia, la Misa votiva para la liberación de la muerte en tiempos de pestilencia (Missae Votivae ad Diversa , n. 23). Del mismo modo, en la letanía tradicional de los santos, rezamos: “¡De la peste, del hambre y de la guerra, líbranos, oh Señor!”.
A menudo, cuando nos encontramos en un gran sufrimiento e incluso debiendo enfrentar la muerte, nos preguntamos: “¿Dónde está Dios?” Pero la verdadera pregunta es: “¿Dónde estamos nosotros?” En otras palabras, Dios está seguramente con nosotros para ayudarnos y salvarnos, especialmente en el momento de una prueba severa o de la muerte, pero con frecuencia nosotros estamos muy lejos de Él debido a nuestra incapacidad para reconocer nuestra total dependencia de Él y, por lo tanto, para rezarle diariamente y ofrecerle nuestra adoración.
En  estos días he escuchado tantos católicos devotos que están profundamente tristes y desanimados por no poder rezar y adorar en sus iglesias y capillas. Entienden la necesidad de observar las distancias físicas y seguir las otras precauciones, y respetan  estas prácticas prudenciales, lo que pueden hacer fácilmente en sus lugares de culto. Pero, frecuentemente tienen que aceptar el profundo sufrimiento de ver sus iglesias y capillas cerradas, y de no tener acceso a la Confesión y a la Santísima Eucaristía.
Del mismo modo, una persona de fe no puede considerar la actual calamidad en la que nos encontramos sin considerar también cuán distante está nuestra cultura popular de Dios. No solo es indiferente a Su presencia en medio de nosotros, sino que es abiertamente rebelde hacia Él y hacia el buen orden con el que nos ha creado y nos sostiene en el ser. Basta pensar en los ataques violentos generalizados contro la vida humana, masculina y femenina, que Dios ha hecho a su propia imagen y semejanza (Gn 1, 27), ataques contra los no nacidos inocentes e indefensos y contra aquellos que deben ocupar el primer lugar en nuestros cuidados, aquellos que están fuertemente atribulados por enfermedades graves, años avanzados o necesidades especiales. Somos testigos cotidianos de la propagación de la violencia en una cultura que no respeta la vida humana.
Del mismo modo debemos pensar en el ataque generalizado contra la integridad de la sexualidad humana, nuestra identidad como hombre o mujer que, con el pretexto de poder definirla nosotros mismos,  la pretendemos distinta de la que Dios nos ha dado, y ello, a menudo, empleando medios violentos. Somos testigos con una cresciente preocupación del efecto devastador en los individuos y las familias de la llamada “teoría de género”.
También somos testigos, incluso dentro de la Iglesia, de un paganismo que rinde culto a la naturaleza y a la tierra. Hay quienes dentro de la Iglesia se refieren a la tierra como a nuestra madre, como si viniéramos de la tierra y ésta fuera nuestra salvación. Pero venimos de las manos de Dios, Creador del Cielo y la Tierra. Solo en Dios encontramos la salvación. Decimos con las palabras divinamente inspiradas del salmista: “Solo [Dios] es mi roca y mi salvación; él es mi protector. ¡Jamás habré de caer!” (Sal 62 [61], 6). Vemos cómo la propia vida de la fe se ha vuelto cada vez más secularizada y, por lo tanto, ha comprometido el señorío de Cristo, Dios Hijo encarnado, Rey del Cielo y de la Tierra. Somos testigos de muchos otros males que proceden de la idolatría, de la adoración a nosotros mismos y a nuestro mundo, en lugar de adorar a Dios, la fuente de todo ser. Tristemente vemos en nosotros mismos la verdad de las palabras inspiradas de San Pablo “contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia”: “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén” (Rom 1, 18. 25).
Muchos con quienes estoy en comunicación, reflexionando sobre la actual crisis de salud mundial con todos sus efectos concomitantes, me han expresado la esperanza de que ella nos llevará, como individuos, familias, y sociedad, a reformar nuestras vidas, a recurrir a Dios que seguramente está cerca de nosotros y que es inconmensurable e incesante en Su misericordia y amor hacia nosotros. No hay duda de que grandes males como las pestes son efecto del pecado original y de nuestros pecados actuales. Dios, en su justicia, debe reparar el desorden que el pecado introduce en nuestras vidas y en nuestro mundo. De hecho, él cumple las demandas de la justicia con su misericordia superabundante.
Dios no nos ha dejado en el caos y la muerte, que el pecado ha introducido en el mundo, sino que ha enviado a Su Hijo unigénito, Jesucristo, a sufrir, morir, resucitar de entre los muertos y ascender en gloria a Su diestra, para permanecer con nosotros siempre, purificándonos del pecado e inflamándonos con su amor. En su justicia, Dios reconoce nuestros pecados y la necesidad de su reparación, mientras que en su misericordia nos derrama la gracia de arrepentirnos y reparar. El profeta Jeremías oró: “Reconocemos, oh Señor, nuestra impiedad, la iniquidad de nuestros padres, pues hemos pecado contra ti”, pero inmediatamente continúa su oración: “por amor a tu nombre, no deshonres el trono de tu gloria; acuérdate, no anules tu pacto con nosotros”(Jer 14, 20-21).
Dios nunca nos da la espalda; Él nunca romperá su pacto de amor fiel y duradero con nosotros, a pesar de que con tanta frecuencia somos indiferentes, fríos e infieles. Mientras el sufrimiento actual nos revela tanta indiferencia, frialdad e infidelidad de nuestra parte, estamos llamados a recurrir a Dios y rogar por su misericordia. Debemos estar seguros de que nos escuchará y nos bendecirá con sus dones de misericordia, perdón y paz. Debemos unir nuestros sufrimientos a la Pasión y Muerte de Cristo y así, como dice San Pablo, “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24). Viviendo en Cristo, conocemos la verdad de nuestra oración bíblica: “La salvación de los justos viene de Yahveh, él su refugio en tiempo de angustia” (Sal 37 [36], 39). En Cristo, Dios nos ha revelado completamente la verdad expresada en la oración del salmista: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se abrazan” (Sal 85 [84], 10).
En nuestra cultura totalmente secularizada, hay una tendencia a ver la oración, las devociones y la adoración como cualquier otra actividad, por ejemplo, ir al cine o a un partido de fútbol, ​​lo cual no es esencial y, por lo tanto, puede cancelarse por precaución para frenar la propagación de un contagio mortal. Pero la oración, las devociones y la adoración, sobre todo, la Confesión y la Santa Misa, son esenciales para que podamos mantenernos sanos y fuertes espiritualmente, y para que busquemos la ayuda de Dios en un momento de gran peligro para todos. Por lo tanto, no podemos simplemente aceptar las determinaciones de gobiernos seculares que consideran la adoración a Dios al par que ir a un restaurante o a una competencia deportiva. De lo contrario, las personas que ya sufren tanto por los resultados de la peste se ven privadas de esos encuentros abiertos con Dios, que está en nuestro medio para restaurar la salud y la paz.
Nosotros, obispos y sacerdotes, debemos explicar públicamente la necesidad que los católicos tienen de rezar y de rendir culto en las iglesias y capillas, de hacer procesiones por las calles pidiendo la bendición de Dios sobre el pueblo que sufre tan intensamente. Tenemos que insistir en que las medidas tomadas por el Estado, aunque sean también por el bien del Estado, reconozcan la importancia única de los lugares de culto, especialmente en tiempos de crisis nacional e internacional. En el pasado, los gobiernos han entendido la importancia de la fe, de la oración y de la devoción para superar una situación de peste.
Así como hemos encontrado maneras de proveer alimentos, medicinas y otras necesidades en plena crisis sanitaria, sin arriesgar irresponsablemente de propagar del virus, así también podemos encontrar maneras de satisfacer las necesidades de nuestra vida espiritual. Podemos proporcionar más oportunidades para la Santa Misa y para las devociones en que los fieles pueden participar sin violar las precauciones necesarias contra la propagación del contagio. Muchas de nuestras iglesias y capillas son muy grandes. Permiten que un grupo de fieles se reúna para orar y rendir culto sin violar los requisitos de la “distancia social”. El confesionario con la pantalla tradicional generalmente está equipado o, si no, puede equiparse fácilmente con un velo delgado que puede tratarse con desinfectante, de modo que el acceso al Sacramento de la Confesión sea posible sin grandes dificultades y sin peligro de transmitir el virus. Si una iglesia o capilla no tiene suficiente empleados como para poder desinfectar regularmente los bancos y otras superficies, no tengo dudas de que los fieles, en agradecimiento por los dones de la Sagrada Eucaristía, la Confesión y la devoción pública, ayudarán con mucho gusto.
Incluso si, por alguna razón, no podemos tener acceso a iglesias y capillas, debemos recordar que nuestros hogares son una extensión de nuestra parroquia, una pequeña Iglesia en la que podemos acoger a Cristo, preparando el encuentro con Él en la Iglesia más grande. Dejemos que nuestros hogares, durante este tiempo de crisis, reflejen la verdad de que Cristo es el invitado de honor en cada hogar cristiano. Volvamos a Él a través de la oración, especialmente el Rosario, y de otras devociones. Si la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto con la imagen del Inmaculado Corazón de María, aún no está entronizada en nuestro hogar, ahora sería el momento de hacerlo. El lugar de la imagen del Sagrado Corazón será para nosotros un pequeño altar doméstico, en el que nos reunimos, conscientes de que Cristo vive con nosotros a través del Espíritu Santo en nuestros corazones. Coloquemos nuestros corazones, a menudo pobres y pecaminosos, en Su glorioso Corazón perforado, siempre abierto para recibirnos, sanarnos de nuestros pecados y llenarnos de amor divino. Si desea entronizar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, le recomiendo el manual «La Entronización del Sagrado Corazón de Jesús», disponible a través del Apostolado Catequista Mariano. También está disponible en polaco y eslovaco.
Para aquellos que no pueden tener acceso a la Santa Misa y a la Sagrada Comunión, recomiendo la práctica devota de la Comunión Espiritual. Cuando estamos en condiciones de recibir la Sagrada Comunión, es decir cuando estamos en estado de gracia, cuando no somos conscientes de ningún pecado mortal que hayamos cometido y por el que aún no hemos sido perdonados en el Sacramento de la Penitencia, y deseamos recibir a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión, pero estamos incapacitados de hacerlo, nos podemos unir espiritualmente al Santo Sacrificio de la Misa, rezando a Nuestro Señor Eucarístico con las palabras de San Alfonso Marí Liguori: “Como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente en mi corazón”. La comunión espiritual es una hermosa expresión de amor por Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. No dejará de traernos abundantes gracias.
Asimismo, cuando somos conscientes de haber cometido un pecado mortal y no podemos tener acceso al Sacramento de la Penitencia o Confesión, la Iglesia nos invita a realizar un acto de contrición perfecta, es decir de pena por el pecado, que “Surge de un amor por el cual Dios es amado por encima de todo”. Un acto de contrición perfecta “obtiene el perdón de los pecados mortales si incluye la firme resolución de recurrir a la confesión sacramental lo antes posible” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1452). Un acto de contrición perfecta dispone nuestra alma para la comunión espiritual.
Come siempre, fe y razón trabajan juntas para proporcionar una solución justa y correcta a un desafío difícil. Debemos usar la razón, inspirada por la fe, para encontrar la manera correcta de enfrentar esta pandemia mortal. Esa manera debe dar prioridad a la oración, a la devoción y a la adoración, a la invocación de la misericordia de Dios sobre su pueblo que tanto sufre y está en peligro de muerte. Hechos a imagen y semejanza de Dios, disfrutamos de los dones del intelecto y del libre albedrío. Usando estos dones dados por Dios, unidos a los dones, también dados por Dios, de la Fe, la Esperanza y el Amor, encontraremos nuestro camino en estos tiempos de prueba universal que tanta tristeza y miedo está causando.
Podemos contar con la ayuda y la intercesión de la gran hueste de nuestros amigos celestiales, con quienes estamos íntimamente unidos en la Comunión de los Santos: la Virgen María Madre de Dios, los santos Arcángeles y Ángeles Guardianes, San José, verdadero Esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia Universal, San Roque, a quien invocamos en tiempos de epidemia, y los otros santos y beatos a quienes recurrimos regularmente en oración. Todos están a nuestro lado. Nos guían y nos aseguran constantemente que Dios nunca dejará de escuchar nuestra oración. Él responderá con su inconmensurable e incesante misericordia y amor.
Queridos amigos, les ofrezco estas breves reflexiones, profundamente consciente de cuánto están sufriendo por la pandemia de coronavirus. Espero que ellas puedan serles de ayuda. Sobre todo, espero que les inspiren a recurrir a Dios en oración y adoración, cada uno según sus posibilidades, y así experimenten Su cura y su paz. Con las reflexiones les envío la promesa que los recordaré todos los dias en mis oraciones y penitencias, especialmente en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa.
Les pido por favor que se acuerden de mí en sus oraciones.
Vuestro en el Sagrado Corazón de Jesús, en el Inmaculado Corazón de María y en el más puro Corazón de San José,
Raymond Leo Cardenal BURKE
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