martes, 5 de junio de 2018

Bala de plata

Lo que no parecía posible puesto que, pensábamos, desnudaría la miseria del papa Francisco y su falta de virtudes cristianas, sucedió el sábado último. Aceptó la renuncia de Mons. Héctor Aguer al arzobispado de La Plata y nombró en su lugar a Mons. Víctor “Tucho” Fernandez. Disparó una bala de plata que no matará al hombre lobo pero que será efectiva para matar lo mucho de bueno que quedaba en esa arquidiócesis y en su seminario, y también para asestar el tiro de gracia al episcopado argentino que quedará definitivamente marcado por la mediocridad y la insignificancia.
Tal como el mismo Mons. Aguer explicó en su homilía de despedida y como completaron otras fuentes, la renuncia fue presentada cuando cumplió 75 años, el 24 de mayo. Siete días después recibió la llamada del encargado de negocios de la Nunciatura para transmitirle las órdenes pontificias: Corpus Christi debía ser su última liturgia pública; se nombraba administrador apostólico a  Mons. Bochatey; debía irse de la arquidiócesis inmediatamente después de la celebración,  no podrá residir en ella como arzobispo emérito, ni tampoco deberá hacer el traspaso de la sede a su sucesor. Al finalizar la misa, el obispo ortodoxo que se encontraba presente, tomó el micrófono y le ofreció a Mons. Aguer su casa para alojarse puesto que, literalmente, no tiene dónde ir (sus planes eran retirarse el ex-seminario menor de La Plata).
Me pregunto si esta desembozada venganza y manifestación de la carencia no sólo de virtudes cristianas sino también humanas, e incluso de la más elemental caballerosidad que ha demostrado el papa Francisco, no será también una suerte de bala de plata para él mismo. Mons. Aguer tenía predicamento y era apreciado por la mayor parte de los fieles argentinos debido a la claridad con la que decía las cosas y su valentía en defender el Evangelio, que es justamente lo que los fieles buscan en sus pastores, y no encuentran. En pleno debate por el aborto, la voz de Aguer había sido particularmente clara, y los católicos que están librando una buena batalla encontraban en él un cierto liderazgo. Desplazarlo de un modo tan humillante provocará que muchos de esos fieles terminen de comprender quién es verdaderamente Bergoglio. 
¿Pero quién es el arzobispo electo de La Plata? Víctor Manuel Fernández nació en Alcira Gigena, una pequeña población de la provincia de Córdoba e hizo sus estudios religiosos en el seminario mayor de la arquidiócesis de Córdoba. Uno de sus compañeros de ese entonces, y ahora sacerdote en una diócesis cordobesa, me comentaba hace algunos meses: “Fernandez siempre se ocupó de botonear [es una expresión coloquial argentina que significa delatar o acusar a alguien]. Se unía a grupos de conversación donde se criticaba a los formadores, para luego ir a contárselo. Ese fue siempre su modus operandi en el seminario y en su vida presbiteral. Trepó haciendo de buchón del poder [expresión coloquial rioplatense que se aplica a una persona que delata a otra, denunciándola a sus espaldas o contando sus secretos]. Siempre estuvo del lado del poder, pero haciéndose el víctima: “Ay, padre Rector, cómo me preocupan mis compañeros que dicen tal cosa ... me preocupa que no tienen sentido eclesial porque fíjese lo que dicen de usted que es el rector…”; “Ay, monseñor, qué dolor que me producen los sacerdotes Fulano y Mengano. Cómo quisiera que tengan más sentido de unidad diocesana y eclesial , que no critiquen así al obispo (que es usted)”. Estas artes y un mediocre doctorado en teología conseguido en la Universidad Católica Argentina, lo llevaron a convertirse rápidamente en el valido del cardenal arzobispo de Buenos Aires, condición que aún ostenta y que ha ocasionado que en la curia vaticana se lo conozca como il coccolato, es decir, el consentido del papa. 
Como profesor en la Facultad de Teología porteña no se destacó particularmente por sus méritos intelectuales sino más bien por lograr, con ayuda de sus conocidas habilidades, convertirse en decano de esa Facultad en desmedro del padre Carlos María Galli, teólogo de referencia en Argentina, y a quien le correspondía naturalmente el puesto. Esto sucedió a mediados de 2008 y pronto lanzó su candidatura al rectorado de la Pontificia Universidad Católica Argentina. Fue propuesto en varias ocasiones para ese cargo por el cardenal Jorge Bergoglio, pero la Sagrada Congregación para la Educación Católica lo rechazó siempre no sólo por el modesto nivel académico del candidato, sino también por las dudas en cuanto a la ortodoxia de su doctrina. El padre Fernández, en efecto, había hecho declaraciones públicas bastante vidriosos y ambiguas cuando se discutía en el Congreso de la Nación la ley del matrimonio igualitario. Pero el arzobispo porteño no se dio por vencido, presionó a oficiales de la curia e incluso, viajó él mismo a Roma para lograr su propósito. Finalmente, el 15 de diciembre de 2009 Tucho Fernández se convertía en rector aunque el juramento de rigor, debido a la oposición romana, recién pudo efectivizarse casi dos años más tarde. 

El cardenal de Buenos Aires, que “es un dictador despiadado y vengativo”, [estas fueron las palabras de una prelado de la curia romana cuando aconsejó a los miembros del Consejo Magistral de la Orden de Malta que no reeligieran a frey Matthew Festing como gran maestre. Cf. Marcoantonio Colonna, The Dictator Pope, 2017] dos meses después de convertido en sucesor de Pedro, nombró al padre Víctor Fernández ordinario de la desaparecida arquidiócesis de Tiburnia, es decir, arzobispo in partibus, como un premio para él y una humillación para quienes se habían opuesto a sus intenciones. Esa venganza y humillación, propia de corazones pequeños y almas miserables, se coronó con la designación de Tucho como sucesor de Mons. Héctor Aguer, un teólogo de valía, uno de los pocos con los que contaba el episcopado argentino.


 
 
La amplísima producción bibliográfica del arzobispo electo de La Plata comprende título tales como Para liberarse del aburrimiento y la rutina (San Pablo, Buenos Aires, 2004); Para liberarse de esa sensación de debilidad interior (San Pablo, Buenos Aires, 2004) o Para mejorar tu comunicación con los demás (San Pablo, Buenos Aires, 2005). Es importante notar que, con excepción de un solo libro publicado en Herder, todo el resto de sus abundantes obras teológicas han sido publicadas en editoriales destinadas a la divulgación y que no exigen ningún tipo de referato o evaluación previa sobre lo que editan, procedimiento que garantiza la seriedad del trabajo. Es el caso de ediciones San Pablo o Ágape de Argentina, o Dabar y Palabra de México. Un rápido recorrido por los catálogos de estas editoriales permite corroborar, además que, en promedio, los libros escritos por Mons. Fernández tienen una extensión máxima de ochenta páginas.
  El libro insignia del teólogo pontificio es el titulado Sáname con tu boca. El arte de besar (Lumen, Buenos Aires, 1995), en el que Su Excelencia comienza explicando al lector:
Te aclaro que este libro no está escrito tanto desde mi propia experiencia, sino desde la vida de la gente que besa. Y en estas páginas quiero sintetizar el sentimiento popular, lo que siente la gente cuando piensa en un beso, lo que experimentan los mortales cuando besan. Para eso charlé largamente con muchas personas que tienen abundante experiencia en el tema, y también con muchos jóvenes que aprenden a besar a su manera. Además consulté muchos libros, y quise mostrar cómo hablan los poetas sobre el beso. Así, tratando de sintetizar la inmensa riqueza de la vida, salieron estas páginas a favor del beso. Espero que te ayuden a besar mejor, que te motiven a liberar lo mejor de tu ser en un beso. [p. 11]
Pese a los esfuerzos realizados, no he podido dar con un dato cierto sobre el factor de impacto de esta importante publicación, es decir, mediciones científicamente realizadas que muestren si, efectivamente, desde su fecha de publicación a esta parte, los jóvenes y adultos han aprendido a besar mejor, o si lo mejor de cada uno de ellos se ha liberado eficazmente a través de un beso. 

La ingente producción bibliográfica de Mons. Víctor Fernández y su calidad académica podrían poner de manifiesto que los curiales vaticanos comenten una gran injusticia calificándolo de coccolato (o chupamedias) del papa. Su cercanía al pontífice y la confianza que éste ha depositado en su capacidad teológica estarían plenamente justificadas. Y para ejemplo de esta hipótesis, propongo el siguiente párrafo de una carta escrita por Su Excelencia pocos meses después de la elección del papa Francisco y publicada en la revista argentina Vida pastoral:
No jodamos. Por favor, los que queremos estar con la gente no dejemos de reconocer los valores que encarna este papa Francisco. Hoy estos valores no son tan frecuentes. Dejémonos de joder. Podemos detenernos a encontrar el pelo en la leche y lo vamos a encon­trar. Pero en este mundo no existe la pureza absoluta y creo que estamos ante una oportunidad inmensa para volver a poner en el centro a Jesu­cristo y al pueblo que Dios ama. Las últimas declaraciones de Jalics, junto a la opinión de gente de iz­quierda con buena información, como Pérez Esquivel, Oliveira, Fer­nández Meijide, Navarro y otros, muestran que Bergoglio no cagó a nadie, no fue cómplice de la dicta­dura, no dejó de ayudar a ocultarse o a escapar a quienes se lo pidieran e intercedió por algunos en la medi­da en que podía, porque ni siquiera era obispo.
Es notable la capacidad literaria de Mons. Fernández que, en un breve párrafo, es capaz de conjugar verbos particularmente significativos y apropiados para su investidura de arzobispo, rector de una universidad pontificia, teólogo papal en funciones y ahora, arzobispo de La Plata, tales como “joder” o “cagar”. Recordemos que, en la lengua española y según el diccionario de la Real Academia, “joder” significa “practicar el coito” o “poseer sexualmente a una mujer” y, en el Río de la Plata es un modismo sumamente vulgar de expresar fastidio por algo. “Cagar”, por su parte, significa literalmente “evacuar el vientre”.
Alguien, con toda razón, podrá cuestionar si, como aquí se afirma, Mons. Fernández es quien oficia en la práctica de teólogo pontificio. El “teólogo de la casa pontificia”, o “maestro del Sacro Palacio” como era conocido tradicionalmente, es el dominico Wojciech Giertych, que resulta prácticamente desconocido para todo el mundo. Su función es asesorar el Sumo Pontífice en las cuestiones teológicas, asistiéndolo en la redacción de los documentos que emanan de su sede, tales como encíclicas, exhortaciones apostólicas, discursos, etc. Lo curioso es que en los documentos más importantes con los que el papa Francisco ha ejercido su función magisterial, fray Wojciech no solamente no ha tenido intervención alguna, sino que ellos reproducen literalmente párrafos completos de libros escritos por Mons. Victor Fernández. 
Detengámonos en el que quizás sea el documento pontificio más importante y controvertido del pontificado de Bergoglio: la exhortación apostólica Amoris laetitia. Tres de los parágrafos centrales -el 300, 301, 302 y 305- y que son los que han causado mayor inquietud y confusión en los fieles, contienen copias textuales de párrafos completos de las obras de Mons. Fernández, tal como Sandro Magister demostró fehacientemente.
Que en las encíclicas y documentos papales haya innumerables citas de otros autores debidamente referenciadas, es regla y norma. Y esto es así porque de esa manera queda claro a los fieles que lo que el Papa está afirmando no es nada nuevo -cosa que no podría hacer- sino simplemente explicitando de otro modo algún punto del Depósito de la Fe que la Iglesia ya poseía a través en las Escrituras y en la Tradición. Y lo hace siguiendo las enseñanzas de los Padres, doctores y pontífices que lo han precedido. 

También se sabe que, en general, no son los papas quienes escriben sus encíclicas sino los teólogos que lo asesoran, aunque el pontífice es quien da su aprobación y estampa la firma. Es lógico que así sea. El papa está envuelto en un sinnúmero de ocupaciones; pocas veces son teólogos o intelectuales y el magisterio es demasiado serio para escribirlo a la ligera. Los papas que escribieron sus propios documentos fueron pocos: León XIII y Benedicto XVI, entre los reciente, por ejemplo. Pero una cosa muy distinta es utilizar el método estudiantil de “cortar y pegar”, esperando que el profesor no se dé cuenta que se está cometiendo plagio. 
Otra posibilidad, y la más probable desde mi punto de vista, es que el mismo Víctor Fernández sea el que escribió el documento, o buena parte del mismo. Esto añade un elemento de preocupación más a todos los fieles católicos, puesto que nada menos que el autor del clásico Sáname con tu boca. El arte de besar, es quien establece la enseñanza de la Iglesia universal.
Concedamos una vez más el beneficio de la duda y supongamos que, en realidad, estas copias textuales de las obras de Mons. Fernández asumidas como propias por el papa Francisco no tienen pretensiones de convertirse en parte del magisterio ordinario y, por tanto, pueden ser desantedidas por los fieles. Pero no es así. El mismo arzobispo de Tiburnia afirmó en una entrevista a un diario italiano que: “El Papa está convencido de que lo que ya ha escrito o dicho no pueda ser castigado como si fuera un error. Por lo tanto, en el futuro todos podrán repetir esas cosas sin miedo a ser sancionados”. Tanto para Su Santidad como para su teólogo de confianza, lo que él dice, es palabra incuestionable y sagrada. 
Hagamos una última concesión. En definitiva, muchos monarcas a lo largo de la historia han tenido favoritos y han mostrados particular aprecio y debilidad por personajes que estaban muy lejos de lo que se requería para sus funciones. Podemos, entonces, perdonar al papa Francisco que tenga un coccolato al que, de vez en cuando, deja echar mano en su escritorio. 
Sin embargo, los estropicios que provoca Mons. Fernández a toda la Iglesia con sus pininos teológicos no pueden pasarse por alto. Durante el último sínodo sobre la familia fue nombrado por el Santo Padre vicepresidente de la comisión que redactó el documento final de ese encuentro. Días antes, y en conferencia de prensa, declaró: “El matrimonio cristiano es un ideal hermoso, pero cuando se habla de gradualidad se pretende decir que hay que tomar en consideración la realidad concreta de las personas que no pueden llegar a aquel ideal, por lo que hay que recordar esa categoría del bien posible evocada por Papa Francisco en la Evangelii gaudium, a la que hay que aspirar incluso con el riesgo de ensuciarnos en el lodo del camino”.
Esta pieza de teología del Riachuelo, o del Río Cuarto, merece alguna profundización. Sabemos que a la perfección cristiana a la que todos los cristianos están llamados se llega de a poco, a través de un camino que los maestros dividen en tres etapas, y supone la adquisición de virtudes, que son hábitos, y que, como tales, se adquieren gradualmente. Pero pareciera que Mons. Fernández confunde el estado de perfección cristiana o el estado de virtudes adquiridas con el estado de gracia. A la gracia –el Dios Uno y Trino habitando en el alma-, no se llega gradualmente: se llega o no se llega; se posee o no se posee; se encuentra o se pierde. El cristiano está en gracia o está en estado de pecado. Nunca hasta ahora la teología católica enseñó que se puede estar gradualmente en gracia; media gracia o un cuarto de gracia no son medidas teológicamente vigentes.
Mons. Víctor Fernández pretendía en esa conferencia de prensa, explicar por qué un divorciado que contrajo nuevas nupcias civiles y que, por tanto, vive en estado objetivo de adulterio, puede comulgar según lo enseña la nueva doctrina católica, y es porque aún no ha llegado al grado de “matrimonio perfecto” sino que se está acercando gradualmente a él. Esto quiere decir que su alma vive en un estado gradual de gracia, inferior al máximo deseable, pero la suficiente para poder recibir la sagrada eucaristía sin cometer sacrilegio.
Cuando Jesús salía para irse, vino un hombre corriendo, y arrodillándose delante de Él, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Jesús le respondió: Tú sabes los mandamientos: ‘No mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.’ (Mc. 10, 17-19)
El Señor no le dijo al joven rico: “Mermale un poco al asesinato; de a poco andá dejando de cometer adulterio; gradualmente…”. Mons. Fernández está proponiendo y contaminando el magisterio pontificio, con una nueva teología basada en una nueva exégesis, el “gradualismo misericordioso”. Me pregunto hasta qué punto no se trata de una falsificación lisa y llana del mensaje evangélico cuya protección y cuidado es deber fundamental del obispo de Roma.
Este es el triste personaje que ocupará la sede platense. Francisco lo hizo.
 
 

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